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El Rey de la ciudad anunció un concurso para crear el monumento central del templo principal. Aris, convencido de que la victoria era suya por derecho divino, decidió que no usaría los métodos tradicionales. En lugar de estudiar la luz del templo o la resistencia de la piedra, se dedicó a diseñar la base de la estatua con un tamaño desproporcionado, solo para que su nombre, grabado en oro, fuera lo primero que la gente viera.
En el corazón de la antigua Grecia, un joven escultor llamado Aris era conocido por su técnica impecable. Sus estatuas parecían respirar, y el mármol, bajo su cincel, se volvía seda. Sin embargo, Aris tenía un visitante constante en su taller: su propio ego. El ego es el enemigo
Aris no perdió el concurso contra otro escultor; perdió contra sí mismo. Mientras sus rivales habían pasado meses estudiando el terreno y colaborando con ingenieros, Aris había pasado meses alimentando su imagen. El Rey de la ciudad anunció un concurso
El ego fue su enemigo porque le robó la capacidad de aprender, la humildad para corregir y, finalmente, la obra que pudo haber sido eterna. Se quedó solo entre las piedras rotas, dándose cuenta de que En el corazón de la antigua Grecia, un